EL NIÑO BUENO



Mamá, déjame ir a buscar
los luceros con el viento,
y dar un besito a una estrella,
aunque estén allí tan lejos.

Mi niño, eso es imposible,
las estrellas que me dices
están pero que muy lejos,
y lo mismo les pasa
a los preciosos luceros.

Mami, ¿me dejarás entonces
irme a vivir a una nube?
Mi niño, para subir a una nube
hay que subir mucho trecho,
ya me dirás como subes,
están tan lejos...

Mami, y si me voy un día
y me quedo con el sol,
me quemaré o si no
allí un rato me quedaré
y sentadito te esperaré,
mami,
¿y se me llevo un parasol
para protegerme del sol?

Mi niño, allí hay mucho fuego,
deja eso para luego.

Mamá, ¿puedo meterme en el mar
y jugar con las sirenas
y las estrellas del mar?
Mi niño, para entrar en el mar
hay que saber bien nadar.

Mamá, ¿puedo irme con las hadas
que están al otro lado del mar?
Mi niño, las hadas
viven en los grandes bosques,
y para poder ir a verlas
hay que coger muchos transportes.

Mamá, dime una cosa,
¿puedo irme a ver a Dios,
y ver allí a la Virgen
y darles un beso a los dos?

Mi niño, a Dios y a la Virgen
no se les puede tocar,
solo los hay que rezar
de vez en cuando una oración,
y llevarlos muy adentro
de tu pequeño corazón.

El niño no se cansaba
de preguntar y preguntar,
todo lo quería tocar.

Un día vino a buscarle
una horrible enfermedad,
y en un momento que tenía
de mucha tranquilidad
le dice así a su mamá:

Mami, ya veo que viene Dios,
ya casi le puedo tocar,
le veo que vive en el cielo
y que me viene a buscar.

Vete hijo, vete
a Dios no se le puede contrariar,
si él te quiere a su lado
por algo bueno será.

Y estando agonizando
solo él con su mamá,
entró por la ventana
casi casi de repente
una luz incandescente
que le tatuó en la frente
un lucero azul
y una estrella
brillante y muy verde.

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